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Malas políticas en la admisión a la educación superior

5 junio, 2019

En columna para diario La Prensa Austral, el investigador ISCI Nicolás Figueroa, se refiere al Sistema de Admisión a la Educación Superior, que ha sufrido cambios que no han significado beneficios para los estudiantes, provocando su insatisfacción y aumentando la probabilidad de que vuelvan a rendir la PSU.


El sistema único de admisión (Sua) a la educación superior incluye 41 universidades. Los alumnos, conociendo sus puntajes en la PSU, declaran sus preferencias sobre las distintas carreras. Por su parte las carreras, al elegir la ponderación de las distintas pruebas, notas y ranking de la enseñanza media, implícitamente declaran sus preferencias sobre los estudiantes. Los estudiantes son entonces asignados a las carreras utilizando, básicamente, el algoritmo desarrollado por Gale y Shapley en 1962, que tiene características deseables muy relevantes.

La primera es que para los alumnos es óptimo declarar sus preferencias tal como las piensan. De nada sirve «jugar estratégicamente» y cambiar el orden en que se «rankean» las carreras para obtener un mejor resultado. La segunda es que la asignación obtenida es Pareto eficiente. Mejor aún, de todas las asignaciones eficientes, ésta es la mejor desde el punto de vista de los alumnos.

Lamentablemente, el sistema ha ido introduciendo cambios pequeños, en apariencia inofensivos y probablemente bien intencionados, que socavan las bases del sistema y tienen efectos negativos muy importantes. Una modificación emblemática es la introducida por la Universidad Católica y Universidad de Chile, que sólo permiten que los alumnos mencionen sus carreras en las primeras 4 opciones.

Un estudiante cuyas verdaderas preferencias incluyen, digamos, una ingeniería en una universidad de provincia en el cuarto lugar, y una licenciatura en Ciencias de la U o la UC en quinto, enfrenta un dilema. Si en la cuarta posición pone la ingeniería, su quinta postulación es inválida. Y si el puntaje de corte de la ingeniería ese año queda por encima del suyo, se quedará «sin pan ni pedazo». Si, por el contrario, juega estratégicamente y pone la licenciatura en la UC en el cuarto lugar, quizás quede fuera de una ingeniería a la cual podría acceder dado el puntaje de corte de ese año. Ese estudiante, haga lo que haga, puede que se arrepienta una vez que se conozca el puntaje de corte, que es incierto.

En muchísimas carreras, el puntaje de corte varía mucho de un año al otro, y para muchos alumnos la aceptación es incierta. Estos alumnos, en muchos casos, y por aversión al riesgo, estrategizan y ponen la carrera de la UC o la Universidad de Chile en un lugar más alto. En otros casos no lo hacen y corren el riego de no quedar en la carrera de su preferencia y tampoco en la que consideraban justo más abajo.

En un trabajo conjunto con Jeanne Lafortune y Alejandro Sáenz, cuantificamos la magnitud de este efecto, utilizando que el año 2003 la Universidad de Chile introdujo esta restricción (antes sólo la tenía la UC). Encontramos que los efectos prácticos son muy significativos. En promedio, los estudiantes aceptados en la Universidad de Chile, tras el cambio, están en una carrera un lugar más abajo en sus preferencias. Más aún, esto tiene implicancias reales sobre su nivel de satisfacción, puesto que aumenta significativamente la probabilidad que al año siguiente vuelvan a rendir la PSU, un indicador de insatisfacción con la carrera que están cursando.

Finalmente, el efecto es particularmente marcado en alumnos de colegios municipales, que acceden a carreras de menores puntajes, con mayor varianza en sus puntajes de corte y donde las disyuntivas que mencionamos son más importantes.

Una restricción a primera vista inofensiva y que obviamente beneficia a la Universidad que la introduce (puesto que genera que los estudiantes prioricen sus carreras) aumenta la ineficiencia del sistema en su conjunto. Más aún, perjudica a los estudiantes y especialmente a los más vulnerables.

Esto podría parecer anecdótico, un detalle dentro de un sistema que funciona muy bien. Sin embargo, es muy preocupante que muchas más modificaciones con las mismas características han sido introducidas en los últimos 15 años. Por ejemplo, programas que dan oportunidades especiales a alumnos vulnerables (como el SIPEE en la Universidad de Chile y Talento Inclusión en la UC) requieren que los alumnos señalen a esa universidad en la primera preferencia. Muchas becas ofrecidas por las universidades utilizan el mismo requerimiento. Lo mismo sucede con la beca Vocación de Profesor.

En todos estos casos, los estudiantes son forzados a hacer elecciones bajo incertidumbre, generando asignaciones ineficientes para todos los involucrados. Peor aún, al tratarse de becas y programas de ingreso especial, lo hacen con los estudiantes que menos información tienen y que se espera beneficiar.

Es importante que el sistema, en su conjunto, invalide estas prácticas y garantice un sistema como el original: las posibilidades de quedar en una carrera, y el pago asociado en caso de una aceptación, son independientes del lugar que ocupaba en las preferencias.

Fuente: La Prensa Austral

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